Cementerio de animales

Stephen King.

La tranquilidad de las palabras genera intranquilidad e incertidumbre en el lector.

Si hace unos años me hubieran dicho que, voluntariamente, iba a leer un libro de terror no lo hubiera creído. Me crie en una casa grande, con muchas habitaciones y un pasillo largo. Hasta ir al baño a media noche me costaba un par de minutos para coger impulso y salir de la cama. Pero eso es sólo una pequeñez comparada con el miedo que siempre me ha provocado un gato quieto. Y en este punto estaba yo cuando comencé a leer Cementerio de animales de Stephen King.

La obra está escrita en tercera persona, hay una mirada fisgona que nos narra lo que ve, una energía externa a los protagonistas que sabe lo que piensan y sienten. Porque el narrador es como ese voluntario que te cuenta la historia más terrorífica que conoce en medio del campo en una noche sin estrellas.

La familia de Louis se traslada por motivos laborales y se las prometen muy felices en su nueva casa junto a una carretera poco transitada pero sí frecuentada por grandes camiones que se dirigen a una fábrica cercana generando un ruido tremendo perfectamente audible por los vecinos de los alrededores. Tienen un gatito por mascota, claro. Y detrás de casa hay un gran bosque, claro.  Y un cementerio memorable. El paisaje está perfectamente descrito por el autor, lleno de elementos básicos de una película de miedo, previsibles algunos, pero terroríficos de igual forma.

La muerte se puede adivinar como el tema principal del libro dado el título del mismo. Se nos describe de maneras distintas y crean en el lector una vorágine de dudas: ¿hay que sentir siempre pena ante la muerte?, ¿hay que temerla?, ¿puede uno desearla para alguien y seguir considerándose buena persona?, ¿sabemos asumirla aun cuando el dolor amenaza con vencernos?…

Los personajes, unidos por los lazos de la amistad o de la familia, conviven con la realidad refugiándose detrás de distintos escudos mentales. No consuelan su alma y su mente de la misma manera. Puede que hoy en día los seres humanos estemos divididos entre los que encuentran consuelo en la religión, sea la que sea, los que buscan explicaciones científicas a hechos en apariencia inexplicables y los que son capaces de dejarse llevar por los hechos y por los sueños como si no hubiera distinción entre unos y otros. Estos últimos quizá no sean tan aceptados y hasta los tengamos por locos pero puede que sean los que más vida ponen en sus vidas.

El ritmo de la novela es relajado, con una narración calmada, sin los esperables sobresaltos precedidos por una escalofriante escena acompañada de una música de sobra conocida en cualquier película de terror mediocre. A través de la tranquilidad de las palabras genera intranquilidad e incertidumbre en el lector. La decisión de seguir dejándote caer al vacío es sólo tuya.  

No podemos obviar que la obra fue publicada en 1983, el papel del hombre está justificado por el tiempo y el lugar en el que le tocó vivir. Es el que trabaja, el que mantiene a la familia, el que la protege, marido comprensivo, padre entregado…Y “tiene” una mujer que sabe cocinar, que espera en casa la vuelta de su esposo, que tiene miedos y se refugia en el hombro de su compañero. Y como contrapunto aparece una hija fuerte aunque no en apariencia, segura, madura y valiente. Todos estos rasgos brillan ante la sorpresa de sus progenitores, que aprenden a escucharla conforme van sucediendo los acontecimientos.

Leí con el objetivo de ver la película después. No me daba miedo lo que leía, algo de asco sí, pero seguía con la intención primera hasta la mitad de la novela. Fue entonces cuando la narración se volvió más intensa, con sucesos inexplicables e interesantes al mismo tiempo que no me dejaban levantar la vista de las páginas. Corría por la intriga, por el miedo a pararme a pensar. Ya sí había entendido el éxito de Stephen King. Acabé y ya no quiero ver la película. Ya la he vivido.

Editorial Plaza & Janés.

Edición en formato digital, 2012.

Nº de páginas: 480 páginas.

Año de publicación: 1983.

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