Autora: Muriel Barbery.

No hay que describir lugares exóticos ni estrenar un género literario para ser inolvidable. Quizá sí lo requiera el fugaz destello de la notoriedad.

En el número 7 de la calle Grenelle, en París, vive Renée. Portera cincuentona de un bloque de pisos habitado por gente de bien, lo que quiera que eso signifique para la mayoría. Uno de los palacios colgantes que son los inmensos apartamentos, lo ocupa la familia de Paloma, una niña de doce años con una inteligencia poderosa. Están destinadas a no verse, a ignorarse, a saludarse pasivamente o a realizar encargos la una para la otra.

Las protagonistas.

Renée centra toda su existencia en pasar desapercibida, envuelta en la tranquilidad de sus tareas cotidianas y protegida en su tiempo libre por las paredes de la conserjería, que hace las veces de hogar y donde nadie, excepto su única amiga, Manuela, tiene por qué entrar nunca. Tiene un gato que se llama León y una afición nada común entre su clase: la admiración del arte en todas sus formas.

La realidad de la niña preadolescente es más complicada. Mira a su alrededor, ve a su madre enganchada a los ansiolíticos y al psicoanálisis, a su padre y a su hermana Colombe, con los que no tiene nada en común. A pesar de su capacidad intelectual no encuentra respuesta a preguntas que nadie comprendería que se formule a sí misma.  Y se sabe lista. Y aún así no logra entender.

Ambas narran sus vivencias en primera persona, en capítulos que se alternan, cambiando la autora de tipografía para diferenciarlas fácilmente con anterioridad a la sumersión en un nuevo capítulo.

Paloma se propone tener “ideas profundas” y reflejarlas en un diario. Además, entre esas mismas páginas va a enseñarnos su “diario del movimiento del mundo”. ¿Qué mueve al mundo? A ese que ella ve, lleno de adultos con absurdas y superficiales vidas. ¿En eso se va a convertir ella?

Renée nos muestra las escenas de su día a día, lo que diría y haría si pudiese ser ella misma y lo que dice y hace en su papel de portera.

Ambas tan alejadas y tan cerca de un mismo conflicto.

La elegancia de la autora.

Pasas la lectura deseando que se encuentren. Empujas a Renée a ser más lo que quiere, a la niña quisieras rebatirle sus argumentos sobre la dirección que toma el comportamiento humano a su alrededor…Pero la autora no te va a llevar por donde quieres, te va a coger de la mano para que la acompañes a un lugar mejor. La novela es más y más bonita a cada página que lees. Eso sí, requiere de introspección y relectura de algunas partes.

Yo he pensado mucho en cuestiones como: la familia, la amistad sincera, el refugio personal, el prisma a través del cual vemos la vida en diferentes momentos y, sobre todo, he pensado en lo que nos une a todos independientemente de si somos gente de bien o no, si vivimos en un palacio o en una oscura conserjería. ¿La belleza se toca y se ve?

Tengo mis respuestas. Ya no sé si todas son genuinas o imbuidas por la historia que acabo de  de leer. Sin embargo, y me repito, no hay que describir lugares exóticos ni estrenar un género literario para ser inolvidable. Renée y Paloma han salido de la novela, las imagino en un bloque de pisos, en una urbanización de casas…Con otros nombres, con otro pasado y con otro futuro, pero iguales en esencia.

Ya te avisé que enero había resultado un mes bastante filosófico. Cambiamos de tercio.

Título: La elegancia del erizo.

Autora: Muriel Barbery.

Nº de páginas: 364.

Editorial Seix Barral. Colección Booket.

Año de publicación: 2006.

Año de la edición: 2010.

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