Autor: Stephen King.

Hay días que apetece empezar una nueva historia, embarcarse en alguna loca trama que nos haga olvidar el día de trabajo o el último libro con el que no acertaste. Área 81 puede convertirse en tu comodín. Es una novela corta que lees en una tarde.

Pete, un niño de diez años, no es admitido por su hermano mayor y el resto de la banda en un juego que consideran peligroso para él. Aburrido y sin saber qué hacer hasta que acabe la jornada de trabajo de sus padres, deambula por la calle con su bicicleta Huffy hasta que se le ocurre un plan: volar el área 81 de la autopista, abandonada desde hace meses.

Allí hay un coche completamente cubierto por lodo, que no deja ver ni siquiera la matrícula, con la puerta abierta. Abandonado. Como el área de servicio.

A partir de aquí se desencadenan una serie de hechos más asombrosos que espeluznantes.  Las personas que circulan por la autopista se sienten atraídos por el área 81 en cuanto la miran por algo que ven desde lejos. La parábola del buen samaritano, aunque la creas incompatible con un libro de terror, cobra todo el protagonismo en la trama. ¿Un guiño a la presencia que tiene la religión en la sociedad americana? Puede ser.

Importante y destacable el papel de los tan bien nombrados “niños de la llave”, que salen a las calles durante la jornada laboral de sus padres sin saber que están aprendiendo a vivir sin brújula. El autor nos habla como narrador omnisciente y muestra las direcciones que va tomando el pensamiento de Pete, la selección que hace de lo que es lógico para él, lo que no, la edad adecuada para una cosa u otra… Beber alcohol, tener sexo, echarse novia o fumar ya cuentan con un espacio en la sabiduría callejera de Pete. Tener la oportunidad de ser espectador de lo que sucede dentro de la cabeza de un niño es siempre iluminador.

El protagonista no lo es en todas las escenas. Durante bastantes páginas te preguntarás por él y eso lo traduzco por un elemento más de intriga que añade King al relato. Junto a Pete aparecen dueños y familiares de vehículos que dan título a los capítulos: Pete y su bici Huffy, Doug Clayton y su Toyota Prius, Julianne Vernon y su Dodge Ram, la familia Lussier y su Ford Expedition y Jimmy Golding y su Ford Crown Victoria.

Los niños y los adultos compartimos el mundo y, sin embargo, lo vemos muy distinto. La experiencia vital define la forma de reaccionar en determinadas situaciones. Como la mayoría de la sociedad avanzamos sobre un camino que está bastante marcado desde el inicio, al convertirnos en adultos nos parecemos bastante. King nos da a entender que incluso la manera de procesar la información que recibimos de factores externos y la comprensión que hacemos de ellos va a resultar similar al de nuestros vecinos. Aunque eso nos traiga consecuencias indeseables. Nos cuesta desmarcarnos, ofrecer al cerebro otra perspectiva, obligarle a esforzarse por buscar otra lógica opuesta a la que nos viene dada por lo vivido previamente. Le añadimos el ingrediente de la ciencia ficción y seguimos inalterables. Definitivamente somos animales domésticos con nuestras capacidades inhibidas por hábitos y costumbres.

No les ocurre a los niños, ante una misma situación su plasticidad los convierte en seres de reacciones inesperadas o sorprendentes. Si te decides por esta novela corta te pido que observes el comportamiento de los niños que aparecen y mantengas una mirada crítica que te ayude a compararlos con los adultos que los acompañan. El escalofrío está asegurado.

También puedes echar un vistazo a la reseña que publiqué sobre Cementerio de Animales, del mismo autor, aquí.

Autor: Stephen King.

Nº de páginas: 72.

Editorial: Plaza&Janés.

Año de edición: 2012.

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1 comentario

  1. Tu reseña me ha despertado la curiosidad por leerlo. Me gusta el tema. Me parece interesante y eso de que se lee en una tarde está muy bien.

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